Hoy de camino a casa me he encontrado a una anciana que iba a tirar la basura. Le he propuesto tirársela yo y me lo ha agradecido varias veces. Pensaba que sus palabras y su sonrisa me iban a abastecer lo suficiente de una sensación de altruismo; sin embargo ahora sólo deseo encontrármela cada día.
jueves, 17 de octubre de 2013
lunes, 14 de octubre de 2013
Mi estación del año favorita: tú
No valoro el verano hasta que no llega el otoño.
No valoro el otoño hasta que no llega el invierno.
No valoro el invierno hasta que no llega la primavera
No valoro la primavera hasta que no llega el verano.
Y así con todas las personas
que van y vienen en mi vida
como las cuatro estaciones del año.
Pero a ti te valoré
desde tu solsticio hasta tu equinoccio,
desde tu boca hasta tus ojos.
Quise vivir eternamente en tu clima cálido:
en los ciclones de tu pelo,
las precipitaciones de tu mirada,
la temperatura de tu cuerpo,
la humedad de tus labios
y la presión de tus abrazos.
Amé desde el primer instante
abrigarme contra el frío de tus palabras,
desnudarme frente al calor de tu pecho,
el amanecer de tu cara en mi almohada;
la lluvia de caricias,
el viento de tu aliento en mi cara,
la escarcha de nuestro sudor congelada cada mañana
y el salitre de tu piel cubriendo mi cama.
A ti te valoré
desde tu equinoccio hasta tu solsticio,
desde tu sexo hasta tus vicios.
A ti te quise para siempre,
para que no acabaras nunca.
Pero supongo que no eres más que como otra estación del año:
siempre acabas pero siempre vuelves.
Etiquetas:
Azoteas,
Cómo decir TE QUIERO sin decir TE QUIERO,
Historias de almas que...,
Pienso; luego existes,
Poesía,
Te quiero
viernes, 11 de octubre de 2013
Placer prohibido
La farola que ilumina tenue la habitación nos observa desde fuera como yo observo tu cuerpo desnudo tumbado en mi cama: sin parpadear.
Me pregunto si mis manos lograrán separarse de tu pecho.
Sentado sobre tu abdomen intento recordar cómo hemos llegado hasta aquí: el cielo; pero tus caricias en mi espalda me distraen consiguiendo que no me dé cuenta de que te has incorporado y me estás besando.
Acaricio tu barba y me despego de tu boca para deslizarme hacia abajo por tu cuerpo.
Me gusta escuchar el placer en tu respiración cuando te toco, y tus ojos cerrados me exculpan de este error que ha sido encontrarte ahora que no sé amar.
El silencio de la noche nos regala la banda sonora del sexo: nuestros gemidos; y las sábanas nos ocultan de las miradas de las cuatro paredes que esconden este placer prohibido.
Me pregunto si mis manos lograrán separarse de tu pecho.
Sentado sobre tu abdomen intento recordar cómo hemos llegado hasta aquí: el cielo; pero tus caricias en mi espalda me distraen consiguiendo que no me dé cuenta de que te has incorporado y me estás besando.
Acaricio tu barba y me despego de tu boca para deslizarme hacia abajo por tu cuerpo.
Me gusta escuchar el placer en tu respiración cuando te toco, y tus ojos cerrados me exculpan de este error que ha sido encontrarte ahora que no sé amar.
El silencio de la noche nos regala la banda sonora del sexo: nuestros gemidos; y las sábanas nos ocultan de las miradas de las cuatro paredes que esconden este placer prohibido.
lunes, 7 de octubre de 2013
Capítulo 0
Aunque no lo sabíamos (o no queríamos saberlo), todos éramos felices antes de ser sin quererlo los protagonistas de esta historia de miedo. Y es que a cualquier historia que cuenta cómo personas aman a otras personas se la considera una historia de amor, pero nosotros no amábamos como ama todo el mundo; nosotros amábamos con miedo: miedo a vivir, miedo a querer más de lo que nos querían, miedo a perdernos los unos a los otros, miedo a depender de alguien, miedo a encontrar la felicidad y que fuera en otra persona.
Aunque no lo sabíamos (o no queríamos saberlo) nuestra vida aún no estaba arruinada. Aún éramos cuatro desconocidos cuando nos autodeclaramos unos desgraciados, pero pronto la vida nos iba a demostrar que estábamos equivocados, y es que perder al amor de tu vida siempre te hace verlo todo de otra manera.
Decido tatuar sobre el papel los acontecimientos que nos llevaron un día a esta locura conjunta de aparente felicidad que nos perseguirá el resto de nuestras vidas, aunque estemos todos muertos. Lo escribo desde el puente en el que me suicidaré cuando acabe de contar a nadie nuestra historia; quizás con la esperanza de que mientras lo hago encuentre la respuesta a mi vida o de que él decida amarme antes de que llegue el día.
Me siento en el borde, lo más al borde que puedo, porque las palabras son más sinceras cuando sabes que pueden ser las últimas. Así que empezaré con el momento en el que le conocí, antes de que el viento decida por mí el día de mi muerte, porque quiero dejar claro que le amé desde el primer instante.
miércoles, 10 de julio de 2013
Cómo viajar a Noruega en una bici rosa
Mi abuelo siempre
decía que no hay nada más satisfactorio que tachar una línea más de tu lista de
Cosas que hacer antes de morir, pero
yo me apunto hoy para decir a los hijos de mis hijos algo que satisface más
aún: tacharla antes de escribirla. Y es que ya se sabía que no habría cáncer
que me impidiese ver la aurora boreal antes de morir, pero ¿quién me iba a decir
a mí que lo haría junto a tus labios morados de frío, tomando helado sabor
"tus besos" sobre el barquillo de tus abrazos?
Teníamos las manos
verdes de arrancar la hierba de nuestro parque y tan sólo seis años cuando me
lo prometiste. Estábamos allí sentados
en lo poquito de césped que habíamos dejado a lo largo de nuestra sexta
primavera, y es que nos encantaba hablar mientras desahogábamos nuestra
naturaleza destructiva deshaciéndonos de él. Los demás niños jugaban pero nosotros
preferíamos soñar con el libro "Los 100 lugares más maravillosos del mundo"
que te había regalado tu padre antes de abandonaros a ti y a tu madre y desaparecer para siempre. Me acariciaste la cara
pintándomela de verde esperanza y me dijiste:
—Irás, yo te prestaré mi bici. Te lo prometo.
—Pero tu bici es rosa.
Saco ahora de mi
mochila el capítulo quinto de aquel libro: "5. Noruega". Recuerdo que
lo arrancaste y me lo entregaste sin pensártelo dos veces al darte cuenta de
que cada tarde me quedaba embobado mirando todas y cada una de sus páginas, a
pesar de saberme los sitios de memoria. No sabía leer aún, pero mi madre se
había encargado de hacerme saber el nombre del lugar al que pertenecía mi
favorita de entre todas aquellas imágenes; y más de dos décadas después aún no lo he
olvidado: Reine. Río entonces al recordar que pretendías hacerme venir en bici
desde nuestro pequeño pueblo andaluz; pero tu bici era rosa.
La leucemia nos
distanció 23 años. Me vine a Madrid a vivir y ninguno supimos del otro: tú por
miedo a confirmar que me había ido para siempre y yo por miedo a descubrir que
ya no te importaba. Y hace una semana decides aparecer con las manos llenas de
hierba.
—¿Quién eres?
—La persona que te hará feliz los últimos meses de tu vida.
Me abstuve a
preguntarte el porqué de todo aquel tiempo sin saber de ti y tú te abstuviste a
preguntarme el porqué te había dejado creer toda tu vida que estaba muerto. Nos
limitamos a sacar los billetes de avión y venir a Noruega a pasar mi última
primavera juntos: hicimos el amor en Reine hasta que perdimos la cuenta y sin
saber cómo hemos acabado en el norte tachando juntos el número 37 de mi lista
de Cosas que hacer antes de morir.
Ahora, en el avión de vuelta a casa, y con unos cuantos kilos menos de abrigo,
descubro en tu hombro un tatuaje demasiado pequeño como para verlo en
cualquiera de nuestras noches oscuras de sexo: es una bici diminuta, como si perteneciese a un niño de seis años; azul. Te das cuenta de mi hallazgo y te sonríes
dulce preguntando:
—¿Te gusta?
—Sí. Pero tu bici era rosa.
—La pinté de azul por si algún día regresabas.
Aterriza el avión al
tiempo que tus labios lo hacen en mi boca. Y por primera vez en 23 años, duele tener que morirme.
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