La farola que ilumina tenue la habitación nos observa desde fuera como yo observo tu cuerpo desnudo tumbado en mi cama: sin parpadear.
Me pregunto si mis manos lograrán separarse de tu pecho.
Sentado sobre tu abdomen intento recordar cómo hemos llegado hasta aquí: el cielo; pero tus caricias en mi espalda me distraen consiguiendo que no me dé cuenta de que te has incorporado y me estás besando.
Acaricio tu barba y me despego de tu boca para deslizarme hacia abajo por tu cuerpo.
Me gusta escuchar el placer en tu respiración cuando te toco, y tus ojos cerrados me exculpan de este error que ha sido encontrarte ahora que no sé amar.
El silencio de la noche nos regala la banda sonora del sexo: nuestros gemidos; y las sábanas nos ocultan de las miradas de las cuatro paredes que esconden este placer prohibido.
viernes, 11 de octubre de 2013
lunes, 7 de octubre de 2013
Capítulo 0
Aunque no lo sabíamos (o no queríamos saberlo), todos éramos felices antes de ser sin quererlo los protagonistas de esta historia de miedo. Y es que a cualquier historia que cuenta cómo personas aman a otras personas se la considera una historia de amor, pero nosotros no amábamos como ama todo el mundo; nosotros amábamos con miedo: miedo a vivir, miedo a querer más de lo que nos querían, miedo a perdernos los unos a los otros, miedo a depender de alguien, miedo a encontrar la felicidad y que fuera en otra persona.
Aunque no lo sabíamos (o no queríamos saberlo) nuestra vida aún no estaba arruinada. Aún éramos cuatro desconocidos cuando nos autodeclaramos unos desgraciados, pero pronto la vida nos iba a demostrar que estábamos equivocados, y es que perder al amor de tu vida siempre te hace verlo todo de otra manera.
Decido tatuar sobre el papel los acontecimientos que nos llevaron un día a esta locura conjunta de aparente felicidad que nos perseguirá el resto de nuestras vidas, aunque estemos todos muertos. Lo escribo desde el puente en el que me suicidaré cuando acabe de contar a nadie nuestra historia; quizás con la esperanza de que mientras lo hago encuentre la respuesta a mi vida o de que él decida amarme antes de que llegue el día.
Me siento en el borde, lo más al borde que puedo, porque las palabras son más sinceras cuando sabes que pueden ser las últimas. Así que empezaré con el momento en el que le conocí, antes de que el viento decida por mí el día de mi muerte, porque quiero dejar claro que le amé desde el primer instante.
miércoles, 10 de julio de 2013
Cómo viajar a Noruega en una bici rosa
Mi abuelo siempre
decía que no hay nada más satisfactorio que tachar una línea más de tu lista de
Cosas que hacer antes de morir, pero
yo me apunto hoy para decir a los hijos de mis hijos algo que satisface más
aún: tacharla antes de escribirla. Y es que ya se sabía que no habría cáncer
que me impidiese ver la aurora boreal antes de morir, pero ¿quién me iba a decir
a mí que lo haría junto a tus labios morados de frío, tomando helado sabor
"tus besos" sobre el barquillo de tus abrazos?
Teníamos las manos
verdes de arrancar la hierba de nuestro parque y tan sólo seis años cuando me
lo prometiste. Estábamos allí sentados
en lo poquito de césped que habíamos dejado a lo largo de nuestra sexta
primavera, y es que nos encantaba hablar mientras desahogábamos nuestra
naturaleza destructiva deshaciéndonos de él. Los demás niños jugaban pero nosotros
preferíamos soñar con el libro "Los 100 lugares más maravillosos del mundo"
que te había regalado tu padre antes de abandonaros a ti y a tu madre y desaparecer para siempre. Me acariciaste la cara
pintándomela de verde esperanza y me dijiste:
—Irás, yo te prestaré mi bici. Te lo prometo.
—Pero tu bici es rosa.
Saco ahora de mi
mochila el capítulo quinto de aquel libro: "5. Noruega". Recuerdo que
lo arrancaste y me lo entregaste sin pensártelo dos veces al darte cuenta de
que cada tarde me quedaba embobado mirando todas y cada una de sus páginas, a
pesar de saberme los sitios de memoria. No sabía leer aún, pero mi madre se
había encargado de hacerme saber el nombre del lugar al que pertenecía mi
favorita de entre todas aquellas imágenes; y más de dos décadas después aún no lo he
olvidado: Reine. Río entonces al recordar que pretendías hacerme venir en bici
desde nuestro pequeño pueblo andaluz; pero tu bici era rosa.
La leucemia nos
distanció 23 años. Me vine a Madrid a vivir y ninguno supimos del otro: tú por
miedo a confirmar que me había ido para siempre y yo por miedo a descubrir que
ya no te importaba. Y hace una semana decides aparecer con las manos llenas de
hierba.
—¿Quién eres?
—La persona que te hará feliz los últimos meses de tu vida.
Me abstuve a
preguntarte el porqué de todo aquel tiempo sin saber de ti y tú te abstuviste a
preguntarme el porqué te había dejado creer toda tu vida que estaba muerto. Nos
limitamos a sacar los billetes de avión y venir a Noruega a pasar mi última
primavera juntos: hicimos el amor en Reine hasta que perdimos la cuenta y sin
saber cómo hemos acabado en el norte tachando juntos el número 37 de mi lista
de Cosas que hacer antes de morir.
Ahora, en el avión de vuelta a casa, y con unos cuantos kilos menos de abrigo,
descubro en tu hombro un tatuaje demasiado pequeño como para verlo en
cualquiera de nuestras noches oscuras de sexo: es una bici diminuta, como si perteneciese a un niño de seis años; azul. Te das cuenta de mi hallazgo y te sonríes
dulce preguntando:
—¿Te gusta?
—Sí. Pero tu bici era rosa.
—La pinté de azul por si algún día regresabas.
Aterriza el avión al
tiempo que tus labios lo hacen en mi boca. Y por primera vez en 23 años, duele tener que morirme.
viernes, 5 de julio de 2013
"Porque sentir es lo primero" de E. E. Cummings
Porque sentir es lo primero
el que preste atención
a la sintaxis de las cosas
nunca podrá besarte por completo
ser un completo idiota
mientras es Primavera en el mundo
le parece muy bien a mi sangre, y que los besos
son un mejor destino
que la sabiduría
nena, lo juro por las flores.
No, no llores
-el mejor guiño de mi mente vale menos
que el aleteo de tus párpados que dice
que somos uno para el otro:
riéte, entonces, recostada
entre mis brazos, porque la vida no es un párrafo. Y la muerte
me parece que no es ningún paréntesis.
el que preste atención
a la sintaxis de las cosas
nunca podrá besarte por completo
ser un completo idiota
mientras es Primavera en el mundo
le parece muy bien a mi sangre, y que los besos
son un mejor destino
que la sabiduría
nena, lo juro por las flores.
No, no llores
-el mejor guiño de mi mente vale menos
que el aleteo de tus párpados que dice
que somos uno para el otro:
riéte, entonces, recostada
entre mis brazos, porque la vida no es un párrafo. Y la muerte
me parece que no es ningún paréntesis.
miércoles, 3 de julio de 2013
Por qué creo en el amor
Quizás la culpa sea de la bibliotecaria de mi pueblo, que desde que se enteró de que era gay no ha parado de incluir en mi pack mensual de libros a leer alguno que otro perteneciente a la colección "Ellas". Qué gracia me hace que ahora la segmentación de mercados elija qué novela debes leer si eres hombre y cuál si eres mujer (u homosexual, claro); pero más gracia aún me hace que estos libros suelan encantarme.
Y es que uno, desencantado de la vida y del amor, coge uno de estos libros y no puede evitar que se le antoje vivir una historia de amor perfecta con final feliz incluido, llena de príncipes azules y mariposas en el estómago. Echo tanto de menos a alguien que me demuestre que no me equivoco cuando creo en el amor, que antes de acabar una de estas novelas (por llamarlas de alguna forma) ya estoy buscando otro pastel del estilo que comerme con los ojos.
Esta fe en el amor también se la puedo deber a mi madre, que me cuenta que sigue sintiendo un cosquilleo por todo el cuerpo cada vez que besa a mi padre; o a éste, que no puede evitar sonreír cuando ella sonríe, por muy mal que vayan las cosas o muy duro que haya sido el día.
Incluso puede que la culpable sea la adolescencia, esa bestia de fuerza inmensurable que nos hace creer que los "para siempre" existen, que somos capaces de todo y que se puede cambiar el mundo. Seguramente también sea ella la responsable de esta sensación de que no llegará el día en el que tú no seas la persona cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío.
Y de nada sirven todas estas especulaciones porque realmente, el amor no será más que química y biología: el arma más sencilla pero también la más dolorosa que encontró la naturaleza para hacernos copular como conejos y dejar descendencia de manera segura (se supone que el amor mantendría unida a la pareja para que las crías estuviesen cuidadas por ambos, qué risa). Pero si las madres y padres solteros, los homosexuales, los asexuales y el inventor de los métodos anticonceptivos nos reímos en la cara de la naturaleza (en la medida de lo que se puede), ¿por qué no lo va a hacer el amor?, ¿por qué no va a dejar de ser un conjunto de meras reacciones químicas para pasar a ser algo más?, ¿por qué no va a ser para siempre?
A cada palabra que escribo me doy cuenta de que estoy más loco y que posiblemente crea en el amor porque es bonito o porque siento envidia de las parejas que se ríen y besan por la calle y en las películas, o simplemente porque quiero ser feliz y a la gente enamorada se le ve feliz;
Y es que uno, desencantado de la vida y del amor, coge uno de estos libros y no puede evitar que se le antoje vivir una historia de amor perfecta con final feliz incluido, llena de príncipes azules y mariposas en el estómago. Echo tanto de menos a alguien que me demuestre que no me equivoco cuando creo en el amor, que antes de acabar una de estas novelas (por llamarlas de alguna forma) ya estoy buscando otro pastel del estilo que comerme con los ojos.
Esta fe en el amor también se la puedo deber a mi madre, que me cuenta que sigue sintiendo un cosquilleo por todo el cuerpo cada vez que besa a mi padre; o a éste, que no puede evitar sonreír cuando ella sonríe, por muy mal que vayan las cosas o muy duro que haya sido el día.
Incluso puede que la culpable sea la adolescencia, esa bestia de fuerza inmensurable que nos hace creer que los "para siempre" existen, que somos capaces de todo y que se puede cambiar el mundo. Seguramente también sea ella la responsable de esta sensación de que no llegará el día en el que tú no seas la persona cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío.
Y de nada sirven todas estas especulaciones porque realmente, el amor no será más que química y biología: el arma más sencilla pero también la más dolorosa que encontró la naturaleza para hacernos copular como conejos y dejar descendencia de manera segura (se supone que el amor mantendría unida a la pareja para que las crías estuviesen cuidadas por ambos, qué risa). Pero si las madres y padres solteros, los homosexuales, los asexuales y el inventor de los métodos anticonceptivos nos reímos en la cara de la naturaleza (en la medida de lo que se puede), ¿por qué no lo va a hacer el amor?, ¿por qué no va a dejar de ser un conjunto de meras reacciones químicas para pasar a ser algo más?, ¿por qué no va a ser para siempre?
A cada palabra que escribo me doy cuenta de que estoy más loco y que posiblemente crea en el amor porque es bonito o porque siento envidia de las parejas que se ríen y besan por la calle y en las películas, o simplemente porque quiero ser feliz y a la gente enamorada se le ve feliz;
de que quizás todo esto no sean más que falsas razones que busco para no aceptar que
creo en el amor porque sigo creyendo en ti.
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No sé exactamente si eran mariposas, pero estaban ahí sin que yo las llamara; cada vez que te acercabas, ¡revoloteaban!. Eran tuyas pero estaban en mi estómago...
—¿Signo del zodiaco? —Acuario, pero con mariposas en lugar de peces.
"Mariposas en el estómago", vaya metáfora de mierda. Más bien parecen abejas asesinas.
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