miércoles, 25 de febrero de 2015

Madrid la tiene pequeña

Siempre me han gustado las cosas grandes, y no os lo toméis a risa. Vine a Madrid buscando eso, las mentes amplias y abiertas como los espacios y los centros comerciales, los edificios altos como las faldas, la inmensidad de la soledad. Pero aquí me he dado cuenta de que en realidad en Madrid todo es más pequeño: mi cuarto, mi lista de amigos, mis ahorros, el porcentaje de aire puro... y también la posibilidad de cruzarte más de una vez con esa persona que podría haber sido el amor de tu vida si hubieses tenido el valor de hablarle la primera. Y eso me encanta por dos razones, porque soy muy enamoradizo y el mundo está hecho para los valientes.

Aun así yo no puedo quejarme del todo, al fin y al cabo de esta ciudad casi tan perdida como la generación que la habita me llevo algo mucho más grande que un centro comercial, que estar solo o cualquier rascacielos; me lo llevo a él, y a nuestro amor estratosférico.

jueves, 8 de enero de 2015

Espectro invisible

Del mismo modo que inevitablemente sucedió en el momento cero, algo se enciende: una luz capaz de iluminar mil universos, pero ninguno de ellos más grande que tú. Atraviesa mis lágrimas de felicidad de tenerte de nuevo entre mis brazos, mío y tuyo por un instante, sintiéndonos presos y libres como Cernuda; si el hombre pudiera decir lo que ama... pero cómo decirlo sólo con palabras. Se refleja entonces en ellas el espectro visible, y también lo esencial, el invisible, como bien decía el Principito. Puedo ver todos los colores, tu morado, mi azul, nuestro naranja y verde; también hay colores que conozco de sobra pero no tienen nombre, como el de tus ojos. Ahí están, como un arco iris pero sin forma de arco y sin iris, porque nuestras pupilas dilatadas se lo han comido. Empiezan a crecer en número, intensidad y tonalidades. Les pongo nombres a todos, en voz alta, escuchándome a mí mismo decir sin poder evitarlo y repetidamente "te amo". Ya no cogen en mí, ya nunca más voy a olvidarlos. Te miro fijamente a los ojos y grito porque no basta con mi sudor y mis lágrimas para verterlos de mí, de todos modos ya estamos acostumbrados a saltarnos las leyes de la física. Tu cuerpo se contrae reteniéndolos, el tiempo se para, tus ojos reflejan lo que siento mientras me ensordecen, y no sé si con un hilo de voz o en morse con tu corazón, me confiesas: "no sé cómo describirlo, es como una explosión de colores".

sábado, 3 de enero de 2015

De atracciones y balanzas

Ni vosotros mismos sabéis cuánta razón tenéis cuando decís tan a la ligera eso de que la vida es como una montaña rusa. Arriba, y abajo, abajo y arriba. Subiendo para bajar y bajando para volver a subir.

 A veces estamos en todo lo alto y otras en lo más bajo; las subidas son largas y se hacen eternas, y están llenas de pavor a estar en lo más alto e inseguridad, mientras las bajadas son rápidas, sin que apenas nos podamos dar cuenta de cómo pasan, aportándonos tan solo unos segundos de diversión efímera. Desde arriba las cosas pierden tamaño e importancia, y desde abajo la realidad de todo nos hace ver en ocasiones la cima más lejos incluso de lo que nos gustaría llegar.

 Se podría decir que el 90% del tiempo que pasamos subidos en una montaña rusa sentimos miedo, tensión, agobio, arrepentimiento... Y el 10% disfrutando, riendo, con las lágrimas saltadas por la velocidad, gritando de excitación o sin aliento.

 Tan sólo uno de cada diez instantes que vivimos nos resulta agradable, sin embargo seguimos montándonos en ella; y a mí, al menos de momento, me ha merecido la pena.

 Así que si puedo elegir cómo morir, que sea en una montaña rusa descarrilando, gritando por la emoción de sentir (miedo, diversión, o lo que sea), y no del aburrimiento de estar viendo desde abajo cómo todos se la jugaron y lo único que les pasó fue lo que yo me perdí: la vida.



miércoles, 12 de noviembre de 2014

RƎVƎRSIBLƎ

se acabará
para siempre, y nunca
seremos uno
olvidarás
los momentos a mi lado y no me
recordarás
como quien te hizo feliz

hablarás de mí
a mis espaldas
con todo el peso de la realidad

cargaré
mi pistola de sonrisas
y te dispararé sin parar con
ganas de destruirte!"

"¡Tengo
a tu miedo guardado:
se lo diré
al mundo entero,
lo gritaré

te odio
nunca podría decir que
te amo
mentiría si negara que
quiero hacerte daño

no
ya no siento mariposas
y es imposible pensar que 
te necesito
desde el día en que te conocí

(ahora leer de abajo hacia arriba)

viernes, 24 de octubre de 2014

Klara

 Se le antojan desconocidos cuando surgen de entre la espuma. Klara sumerge de nuevo los dedos, antes de que queden a la vista sus horrorosos pies, mientras se pregunta por qué se pinta las uñas de un sitio que sólo ella ve, pues Estocolmo no es precisamente el lugar más indicado para pasearse en camiseta de tirantes y sandalias. Golpea con las manos el agua de la bañera en la que todos los viernes por la noche juega a olvidar que está sola, y unos chapoteos que pretenden ser divertidos acaban salpicándole el ojo de una mezcla de agua, jabón y pocas ganas de vivir. Le parece de todas la mejor excusa que ha tenido a lo largo del día hasta ahora para llorar sin sentirse débil. Se deja hundir como el Titanic: chocada y partida; y sus gritos se ahogan intentando escapar de aquella bañera de apenas dos metros cuadrados. Las paredes vibran y le devuelven el sonido de un alma vacía, que es un eco que siempre responde. Sale a la superficie, toma aire y se asegura a sí misma que no ha llorado. Coge el móvil para leer buscando lo que sabe que no va a encontrar en una lista que conoce de memoria.

Amigos.
Familia.
Amantes.

 Adopta la posición de lanzamiento a canasta y describe con el móvil una parábola que acaba en el agua. Sonríe y recuerda que toda relación se basa en un mínimo interés mutuo. "Quizás me sobren ganas de querer incondicionalmente y me falten intereses". Porque a veces la amistad, la familia o el sexo no pueden llegar a donde sólo hay sitio reservado para uno. Y es que hay amores infinitos que nunca serán capaces de llenar vacíos diminutos. Y ya se sabe que cuanto más fina la aguja, más pincha.

 Se pone de pie, se seca las manos, coge el secador del armario que a su madre algún día le pareció útil poner junto a la bañera, y suelta una carcajada al imaginar a un agente inmobiliario vendiendo el enchufe del baño como un lujo a compradores suicidas.

 No será ella la que espere una llamada esta noche.


No sé exactamente si eran mariposas, pero estaban ahí sin que yo las llamara; cada vez que te acercabas, ¡revoloteaban!. Eran tuyas pero estaban en mi estómago...

—¿Signo del zodiaco? —Acuario, pero con mariposas en lugar de peces.

—¿Signo del zodiaco? —Acuario, pero con mariposas en lugar de peces.
"Mariposas en el estómago", vaya metáfora de mierda. Más bien parecen abejas asesinas.

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- Ligia García y García