sábado, 3 de enero de 2015

De atracciones y balanzas

Ni vosotros mismos sabéis cuánta razón tenéis cuando decís tan a la ligera eso de que la vida es como una montaña rusa. Arriba, y abajo, abajo y arriba. Subiendo para bajar y bajando para volver a subir.

 A veces estamos en todo lo alto y otras en lo más bajo; las subidas son largas y se hacen eternas, y están llenas de pavor a estar en lo más alto e inseguridad, mientras las bajadas son rápidas, sin que apenas nos podamos dar cuenta de cómo pasan, aportándonos tan solo unos segundos de diversión efímera. Desde arriba las cosas pierden tamaño e importancia, y desde abajo la realidad de todo nos hace ver en ocasiones la cima más lejos incluso de lo que nos gustaría llegar.

 Se podría decir que el 90% del tiempo que pasamos subidos en una montaña rusa sentimos miedo, tensión, agobio, arrepentimiento... Y el 10% disfrutando, riendo, con las lágrimas saltadas por la velocidad, gritando de excitación o sin aliento.

 Tan sólo uno de cada diez instantes que vivimos nos resulta agradable, sin embargo seguimos montándonos en ella; y a mí, al menos de momento, me ha merecido la pena.

 Así que si puedo elegir cómo morir, que sea en una montaña rusa descarrilando, gritando por la emoción de sentir (miedo, diversión, o lo que sea), y no del aburrimiento de estar viendo desde abajo cómo todos se la jugaron y lo único que les pasó fue lo que yo me perdí: la vida.



miércoles, 12 de noviembre de 2014

RƎVƎRSIBLƎ

se acabará
para siempre, y nunca
seremos uno
olvidarás
los momentos a mi lado y no me
recordarás
como quien te hizo feliz

hablarás de mí
a mis espaldas
con todo el peso de la realidad

cargaré
mi pistola de sonrisas
y te dispararé sin parar con
ganas de destruirte!"

"¡Tengo
a tu miedo guardado:
se lo diré
al mundo entero,
lo gritaré

te odio
nunca podría decir que
te amo
mentiría si negara que
quiero hacerte daño

no
ya no siento mariposas
y es imposible pensar que 
te necesito
desde el día en que te conocí

(ahora leer de abajo hacia arriba)

viernes, 24 de octubre de 2014

Klara

 Se le antojan desconocidos cuando surgen de entre la espuma. Klara sumerge de nuevo los dedos, antes de que queden a la vista sus horrorosos pies, mientras se pregunta por qué se pinta las uñas de un sitio que sólo ella ve, pues Estocolmo no es precisamente el lugar más indicado para pasearse en camiseta de tirantes y sandalias. Golpea con las manos el agua de la bañera en la que todos los viernes por la noche juega a olvidar que está sola, y unos chapoteos que pretenden ser divertidos acaban salpicándole el ojo de una mezcla de agua, jabón y pocas ganas de vivir. Le parece de todas la mejor excusa que ha tenido a lo largo del día hasta ahora para llorar sin sentirse débil. Se deja hundir como el Titanic: chocada y partida; y sus gritos se ahogan intentando escapar de aquella bañera de apenas dos metros cuadrados. Las paredes vibran y le devuelven el sonido de un alma vacía, que es un eco que siempre responde. Sale a la superficie, toma aire y se asegura a sí misma que no ha llorado. Coge el móvil para leer buscando lo que sabe que no va a encontrar en una lista que conoce de memoria.

Amigos.
Familia.
Amantes.

 Adopta la posición de lanzamiento a canasta y describe con el móvil una parábola que acaba en el agua. Sonríe y recuerda que toda relación se basa en un mínimo interés mutuo. "Quizás me sobren ganas de querer incondicionalmente y me falten intereses". Porque a veces la amistad, la familia o el sexo no pueden llegar a donde sólo hay sitio reservado para uno. Y es que hay amores infinitos que nunca serán capaces de llenar vacíos diminutos. Y ya se sabe que cuanto más fina la aguja, más pincha.

 Se pone de pie, se seca las manos, coge el secador del armario que a su madre algún día le pareció útil poner junto a la bañera, y suelta una carcajada al imaginar a un agente inmobiliario vendiendo el enchufe del baño como un lujo a compradores suicidas.

 No será ella la que espere una llamada esta noche.


lunes, 11 de agosto de 2014

Firme aquí

A mí nadie me advirtió; no me avisaron de los efectos secundarios: de las noches en vela y el echar tanto de menos que duele a rabiar el corazón, literalmente. No leí la letra pequeña que decía que necesitaría saber que estás bien veinticinco horas al día, que me daría igual estar durmiendo, comiendo o muriendo y te cogería el teléfono siempre dispuesto a sonreírte y hacerte sonreír. Tenía tantas ganas de tomarte entero que me salté el prospecto, acepté sin ni siquiera ojearlos los términos y condiciones de uso;
y me enganché a ti.

Y aquí me ves, buscando desesperado los momentos a solas para cerrar los ojos, abrir la nariz, entrelazar mis dedos con los tuyos e inventarte a mi lado con tu pelo y tu olor y tu todo. Me entra el mono de beberte, fumarte, esnifarte... y entra en acción la locura de mi amor: te veo. Y te imagino riendo y siendo feliz, y me faltan labios y se me cargan los carrillos de tanto sonreír. A veces, incluso, me atrevo a besarte, y no puedo evitar que se escapen volando las mil mariposas que sueñan contigo a diario; mi indulgencia les abre la puerta y te besa llorando, si prometen que en segundos volverán a la realidad...

"Sé que si lo nuestro es tan fuerte como para hacerme sentir eso, lo es para perdurar.
Eso me ayuda a mantener la calma."

Y entonces entiendo que esto de decir que sí sin pensar se ha convertido a tu lado en una adicción absurda, que me llevas a desear sin lógica alguna firmar en nuestro contrato una nueva cláusula que supone para muchos el principio del fin; pero es que el riesgo es lo mío y como tú eres mío me arriesgo. Así que, ¿qué me dices, hasta que la muerte nos separe?

Firme aquí:

martes, 24 de junio de 2014

Fuera de servicio

No es noticia para ti ni para el mundo mi afición de comparar los trenes con mi vida: sus vagones pasando a cientos de kilómetros por hora como personas pasando a millones de sentimientos por segundo, bifurcaciones como decisiones que marcan el rumbo de nuestro futuro, sus puertas cerrándose en mi cara como oportunidades perdidas. Tampoco eres el primer tren que recorre mi piel, ni el primero al que me subo; pero los momentos a tu lado son las ruedas que me permiten avanzar sobre mí mismo, y haces que en cada estación sea más feliz que en la anterior. Así que sí, es verdad, ya otros antes han pasado por esta parada, y se han quedado, y también se han ido, algunos incluso sin ni siquiera tocar el claxon a modo de despedida; pero tú sigues aquí, te has quedado y dices que será para siempre, y a mí sólo me apetece creerte, así que cierro la estación y corto todas las salidas; porque tú, cariño, tú eres el amor de mi vía.

No sé exactamente si eran mariposas, pero estaban ahí sin que yo las llamara; cada vez que te acercabas, ¡revoloteaban!. Eran tuyas pero estaban en mi estómago...

—¿Signo del zodiaco? —Acuario, pero con mariposas en lugar de peces.

—¿Signo del zodiaco? —Acuario, pero con mariposas en lugar de peces.
"Mariposas en el estómago", vaya metáfora de mierda. Más bien parecen abejas asesinas.

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