A mí nadie me advirtió; no me avisaron de los efectos secundarios: de las noches en vela y el echar tanto de menos que duele a rabiar el corazón, literalmente. No leí la letra pequeña que decía que necesitaría saber que estás bien veinticinco horas al día, que me daría igual estar durmiendo, comiendo o muriendo y te cogería el teléfono siempre dispuesto a sonreírte y hacerte sonreír. Tenía tantas ganas de tomarte entero que me salté el prospecto, acepté sin ni siquiera ojearlos los términos y condiciones de uso;
y me enganché a ti.
Y aquí me ves, buscando desesperado los momentos a solas para cerrar los ojos, abrir la nariz, entrelazar mis dedos con los tuyos e inventarte a mi lado con tu pelo y tu olor y tu todo. Me entra el mono de beberte, fumarte, esnifarte... y entra en acción la locura de mi amor: te veo. Y te imagino riendo y siendo feliz, y me faltan labios y se me cargan los carrillos de tanto sonreír. A veces, incluso, me atrevo a besarte, y
no puedo evitar que se escapen volando las mil mariposas que sueñan contigo a diario; mi indulgencia les abre la puerta y te besa llorando, si prometen que en segundos volverán a la realidad...
"Sé que si lo nuestro es tan fuerte como para hacerme sentir eso, lo es para perdurar.
Eso me ayuda a mantener la calma."
Y entonces entiendo que esto de decir que sí sin pensar se ha convertido a tu lado en una adicción absurda, que me llevas a desear sin lógica alguna firmar en nuestro contrato una nueva cláusula que supone para muchos el principio del fin; pero es que el riesgo es lo mío y como tú eres mío me arriesgo. Así que, ¿qué me dices, hasta que la muerte nos separe?
Firme aquí: