miércoles, 11 de diciembre de 2013

Concerto di gatti

—¿Me echarás de menos?
—Sí
—¿Y podré llamarte?
—Sí.
—¿Me darás los buenos días cada día?
—Sí.
—¿Y me darás las buenas noches cada noche?
—Sí.
—¿Me dejarás decirte que te quiero?
—Sí.
—¿Y me dirás que me quieres?
—Sí.
—¿Me quieres?
—Sí.
—¿Y te casarás conmigo?
—Sí.
—¿Tendremos hijos?
—Sí.
—¿Y realizaremos juntos nuestros proyectos de futuro?
—Sí.
—¿Moriremos juntos?
—Sí.
—¿Y me amarás aún después de morir?
—Sí.

 Y con la luz apagada, los ojos cerrados y la grabadora en la mano, intentó quedarse dormida imaginando que aquellos síes no eran una grabación de voz reproducida una y otra vez y que aquella conversación con él era real. Pero entonces rebobinó más atrás de aquel "sí" convincente, y escuchó la verdadera pregunta, que ella misma le había hecho, a la que él contestaba con tanto entusiasmo:

—¿Quieres pasar con ella el resto de tu vida?

Y los gatos de su calle maullaron al compás de los sollozos de cada noche.

lunes, 2 de diciembre de 2013

El día que perdí mi tren favorito

Meto la mano en el bolsillo inmovilizada por el frío, rogándole al Dios en el que no creo que sea en el que estén las llaves. Por lo visto Dios me quiere. Abro la puerta al tercer intento y el calor oscuro me acoge. No me molesto en encender las luces, ya sé ir a oscuras a mi nuevo cuarto. Me tumbo en la cama y respiro fuerte para comprobar que el ambientador que mi madre me compró sigue desprendiendo su olor a lavanda. Yo y mi obsesión por los olores desde que supe que Nietzsche consideraba el olfato el más importante de los sentidos; y por la lavanda desde que supe que mi ex-novia es alérgica a ella.

Las once, las una, las tres, las cuatro... creo que ya no vas a venir. ¿Por qué sigo esperándote si hace un mes que no irrumpes en mi cuarto de madrugada como acostumbrabas a hacer? A lo mejor es que soy gilipollas y no acepto que ya no te importo, que ya no abrirás nunca más la puerta sin hacer ruido y asomarás tu sonrisa picarona por ella, que ya no volverás a tumbarte en mi cama sin mi permiso ni a pedirme con la mirada que me tumbe a tu lado, que se acabaron los abrazos "olor a ti" que transformaban en segundos las horas; o a lo mejor es que no me acabo de creer que no me quieras.

Me gustaba más al principio, cuando pensaba que lo que echaba de menos era follar contigo. Ya sabes, tus brazos grandes como a mí me gustan, tus hombros anchos, tu pecho y abdomen definidos en su justa medida, y el encajar perfecto de nuestros cuerpos. Pero parece ser que también echo de menos tu voz. Y tu estar merodeando todo el día por mi cuarto como si fuera el tuyo. Y tus bromas y tu picarme continuamente. ¿Qué ha pasado? Ella.

Apago la luz y te imagino sentado en mi cama como aquel día en el que me dijiste aquella mentira:
—Oye.
—Dime.
—Que yo te quiero, ¿eh?
—Y yo a ti, hombre —recuerdo que ni me molesté en apartar la vista de mi ordenador.
—Pero es que yo te quiero mucho.
Te miré.
—Yo también te quiero mucho.
—Pero de verdad...
Y no se me ocurrió otra estupidez que preguntarte que por qué me hacías la pelota, que qué querías. Te quedaste en silencio y tu sonrisa se curvó inversa. Me dedicaste entonces tú primera felicidad fingida y me dijiste con voz temblona y apartando la mirada:
—Estoy enamorado de ella.

Siento los pies helados y los froto entre sí para hacerlos entrar en calor, recordando los masajes que nos dábamos el uno al otro para mantenérnolos calentitos. Sonrío y cierro los ojos, dispuesto a conseguir no soñar esta noche contigo, pero entonces aparece la imagen de las puertas de un tren cerrándoseme en las narices y abandonando la estación. El último vagón levanta el aire al desaparecer frente a mí y me llena la nariz de tu olor dulzón y la boca de tus besos suaves; los ojos de las lágrimas que en tu hombro lloré y las manos de la fuerza con la que debería haberte demostrado que te amaba, en forma de puño cerrado, con las uñas clavándoseme en las palmas. Es el recuerdo de aquel día que te levantaste de mi cama para no volver a tumbarte en ella y saliste de mi habitación para no volver a entrar; el recuerdo del día en el que perdí mi tren favorito: tú.

martes, 12 de noviembre de 2013

Un día de estos, piensa un segundo en mí

Un día de estos, cuando la estés besando, piensa un segundo en mis labios; cuando la estés tocando, piensa un segundo en mi piel; cuando la estés mirando, piensa un segundo en mis ojos; cuando la estés oliendo, piensa un segundo en mi olor. Un día de estos, cuando ella esté hablando, piensa un segundo en mi voz.

Una noche de éstas, cuando no puedas dormir, piensa un segundo en mi cama; cuando te desveles, en las madrugadas a mi lado; cuando te corras, en nuestro sexo a escondidas; cuando tengas frío, en mis abrazos. Una noche de éstas, cuando ella te acaricie, piensa un segundo en mis manos.

Un día de estos, cuando seáis vosotros para siempre, piensa un segundo en nosotros para nunca; cuando te rías, en nuestras bromas; cuando llores, en nuestras lágrimas; cuando necesites hablar, en nuestras conversaciones; cuando te apetezca discutir, en nuestras peleas. Un día de estos, cuando quieras paz, piensa un segundo en nuestras reconciliaciones.

Un día de estos, cuando estés pensando, piensa un segundo en mí. Y cuéntame si mereció la pena dejar que nuestra historia se quedara en un principio. Sólo te pido un segundo, para contestar "sí" o "no"; sólo te pido una sílaba para volver a escuchar tu voz. Entonces, cuando no sepas qué decir, piensa un segundo en mi silencio. Y cuéntame si mereció la pena volver a escucharlo.


domingo, 10 de noviembre de 2013

Octubre Dulce

Me quedo con Octubre:
con tus labios en mis labios,
los abrazos por la espalda
y el sexo de madrugada.

Con el recuerdo de tus sonrisas

a dos centímetros de las mías,
de nuestras miradas calladas
y tu respiración entrecortada.

Me quedo con esas noches

que empezaron en el sofá
y acabaron en mi cama;
esas de las que ya no sé nada.

Con una Coca-Cola con tu nombre,
con tus gafas en mi mesa cada noche,
con tu olor en mi almohada
y sobretodo, me quedo con las ganas.

Me quedo con la esperanza
de que vuelvas algún día.
De que no haya sido un sueño,
de que de verdad me querías.

Con el azúcar de tu nombre
y con la de quererte, mi costumbre.
Y aunque no me quede contigo,
me quedo con nuestro dulce Octubre.



martes, 5 de noviembre de 2013

Me duele el cuerpo de quererte

Me duele la cabeza de pensarte,
los ojos de verte,
la nariz de olerte y
la boca de besarte.

Me duelen las piernas de andarte,
las manos de acariciarte,
el pecho de latirte
y el estómago de mariposearte.

Me duele el cuerpo de quererte
y no porque quererte duela;
lo que me duele es quererte
sin conseguir que tú me quieras.

Por eso hoy he decidido
que ni estos ojos,
ni esta cabeza,
ni este pecho,
volverán a doler de quererte.
Y aunque me muera por tus huesos
no quiero volver a verte,
ni a pensarte, ni a latirte.

Quiero olvidar que existes.
Entonces

me dolerá la nariz de no olerte,
las piernas de no andarte,
la boca de no besarte y
las manos de no acariciarte.

Me dolerá el cuerpo de quererte,
porque no quererte no creo que pueda
y puede que entonces,
entonces sí que tú me quieras.

No sé exactamente si eran mariposas, pero estaban ahí sin que yo las llamara; cada vez que te acercabas, ¡revoloteaban!. Eran tuyas pero estaban en mi estómago...

—¿Signo del zodiaco? —Acuario, pero con mariposas en lugar de peces.

—¿Signo del zodiaco? —Acuario, pero con mariposas en lugar de peces.
"Mariposas en el estómago", vaya metáfora de mierda. Más bien parecen abejas asesinas.

Entradas populares

A partir de hoy...

A partir de hoy...
- Ligia García y García