sábado, 13 de abril de 2013

El beso

Cierro los ojos. Se me humedecen los labios. Una especie de agujero negro nace indómito en mi estómago. Absorbe todos mis pensamientos, recuerdos y sentimientos. Los concentra en un punto con complejo de dinamita que se me antoja ansiosa de explotar y hacerme volar por los aires. La prendes. Parpadeo y ya es demasiado tarde: estoy flotando, en el cielo, rodeado de nubes y azul. El peso de todo lo que no pesa condensado en mi mitad me hace descender al mundo real, abrir los ojos —aunque creo nunca antes haberlos tenido tan abiertos— y descubriros sonrientes ante mí: a ti y a tu beso.



miércoles, 10 de abril de 2013

Consejos idiotas e idiotas que dan consejos

—¿Adónde has ido esta vez? ¿Dónde has pasado la noche?

—Al guardamuebles abandonado de la montaña, desde allí casi no se ven las luces de la gente que es feliz.

—¿Por qué te fuiste sin decirme nada? Sabes lo peligrosa que es la montaña por la noche.

—Si te lo decía vendrías conmigo, y entonces tendría que haber aguantado toda una noche las ganas de llorar, haber fingido que todo iba bien; y de eso ya estoy demasiado cansado.

—¿Lo de siempre?

—Lo de siempre.

—Joder, ya está bien. No hay que quedarse lamentándose de uno mismo, hay que dejarlo o luchar; y creo que tú ya has luchado demasiado.

—¿Qué? Ninguna lucha es demasiada cuando la victoria significa la única forma de ser feliz. Y sí, me lamento, porque sólo así puedo pensar en él; y eso, eso es lo único que a día de hoy me compensa el sufrimiento en el que se ha convertido vivir así, tan lejos de sus abrazos.

—Pero no tiene sentido que cuando más necesites a alguien, te aísles.

—Cuando más necesito a alguien es cuando el único alguien al que de verdad necesito y que realmente puede ayudarme, no está. 

—Y podríamos estar los demás, pero no nos dejas.

—Y podríais estar los demás, pero ninguno de vosotros sois la razón de mi existencia.

—Pero te queremos y nos preocupamos por ti. Y queremos ayudarte y que seas feliz. No nos lo pones nada fácil. Buscas la soledad y luego lloras porque te sientes solo. Dices que necesitas cariño, pero privilegiado el que consigue de ti respuestas que no sean bordes y tengan más de dos palabras. La gente, incluso los amigos de verdad, se cansan; y vas a acabar perdiéndonos a todos.

—Si estoy solo es de él, si necesito cariño es el suyo; pero tampoco espero que lo entendáis. Gracias por intentarlo pero no me ayudáis. Aconsejáis como si vosotros fueseis los que sentís, como si vosotros fuerais a sufrir las consecuencias de la decisión que aseguráis que es la adecuada. Nadie me puede entender, he visto películas y escuchado canciones de amor, bodas y relaciones por todas partes, y estoy seguro de que nadie puede entenderme, porque desde luego, aunque todos lo crean, nadie ha estado realmente enamorado.

—No eres el único que tiene sentimientos. Lo sabes, ¿no?

—Sí, pero sí que soy el único que no los abandona cuando no le hacen feliz.

—¿Porque no puedes o porque no quieres?

—Porque me parece injusto dejarlos tirados por los suelos a la más mínima de cambio cuando un día fui feliz gracias a ellos.

—¿Y qué hay de la vida que te estás perdiendo?

—Préstame ganas de vivir.

—Ehm... esto... lo siento, me tengo que ir.

sábado, 23 de marzo de 2013

Tartamudo sentimental

 "Tartamudez sentimental". Sí, me gustan esas dos palabras para describir mi situación. Siento más rápido de lo que soy capaz de contar. Tengo tanto de lo que hablar que se me atragantan las palabras; tengo tanto que decirte que no sé por dónde empezar. Si trato de hablar en serio sólo acabo encontrando silencio, y si trato de ser sincero sólo me salen te amos desesperados. Y es que a veces, cuando necesitas escribir y no sabes cómo hacerlo, qué decir o de qué hablar, lo mejor es confesarte tartamudo sentimental.

miércoles, 20 de marzo de 2013

Amanecer juntos

Ella (Escrito por Ella)

 Salió titubeante de la habitación, no quería separarse de ella. Aún revuelta entre las sábanas, ella cerró los ojos intentando pensar en cómo las cosas habían cambiado. Lo que más le gustaba de él era aquello que no tenían en común. Adoraba discutir sobre ello hasta altas horas de la madrugada, las ojeras del día siguiente no eran más que cicatrices de una guerra que acababa siempre empatada por un beso. Eran diferentes, se complementaban. Él le había enseñado a levantar los pies del suelo y saltar sin ningún motivo, ignorando lo poco que a ella le gustaba salirse de lo lógico. Otra de las cosas que adoraba era no saberlo todo sobre él, el despertarse cada mañana creyendo conocerle y acostarse descubriendo algo nuevo. Le hacía sentirse bien y aunque fueran pocos los minutos que llevaran sin hablar ya le echaba de menos, como le hubiera pasado si no llega a abrir los ojos dándose así cuenta de que él la estaba mirando, con una sonrisa en la cara. Cómo no, una vez más, la había vuelto a sorprender.


Él (Escrito por Él o yo)

 Trató de engañarse a sí mismo saliendo de la habitación como si nada, como si separarse de ella no constituyese uno de sus mayores miedos, mientras ella se revolvía sensual y somnolienta entre las sábanas. Cometió entonces el error más bonito del día: volverse para mirarla por última vez. Sus ojos quedaron presos de ella y él quedó preso de sus propios ojos, que no le dejaron apartar la mirada de su princesa, ni parpadear, ni siquiera llorar de felicidad. Recordó sus versos favoritos de aquel poema que hablaba de libertad y amor (Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío) y se sintió el preso más afortunado y libre del mundo. Decidió hacerse con el poder de su mente, ya que los ojos se le resistían, empapó cada instante de su pensamiento de ella: de su sonrisa, de su olor, de sus besos... y pensó entonces en cómo habían cambiado las cosas, en cómo de repente aquellos ojos rebeldes se habían descegado para amarla, para amar a cada detalle, por ínfimo que fuese, de su ser.

 Lo que más le gustaba de ella era que compartía con él su afición por aprovechar el menor atisbo de discrepancia entre ellos para desencadenar una tras otra las discusiones más absurdas que jamás se habían librado, las cuales siempre acababan en victoria (sus besos), aunque ella defendiese que se trataban de un empate. Además coincidían sus intereses por el cine, la escritura, por lo bien hecho, por los besos interminables, pero sobre todo por pasar todo el día el uno junto al otro. Él era feliz cubriendo la parte irracional de la que ella carecía y se le antojaba necesario que a veces ella tirase de él, desde la tierra, para ponerle de vez en cuando los pies en el suelo. Pero de entre todas las cosas que le volvían loco de ella, las que lo habían enamorado eran aquellas pequeñas manías y rarezas suyas (como la de pararse, al escribir, a pensar en si cada pronombre personal se trataba de un complemento directo o indirecto). Entonces, paró aquel carrusel de pensamientos y se preguntó: "¿La amo? ¿Le amo? ¿Cómo se dice?". Ella abriendo los ojos, sorprendida por su presencia, le dio la respuesta sin decir nada, simplemente devolviéndole la sonrisa; y él la escuchó en su cabeza: "te amo, se dice" y se metió de nuevo en la cama para volver a levantarse y vivir una y otra vez aquel bucle perfecto.

No sé exactamente si eran mariposas, pero estaban ahí sin que yo las llamara; cada vez que te acercabas, ¡revoloteaban!. Eran tuyas pero estaban en mi estómago...

—¿Signo del zodiaco? —Acuario, pero con mariposas en lugar de peces.

—¿Signo del zodiaco? —Acuario, pero con mariposas en lugar de peces.
"Mariposas en el estómago", vaya metáfora de mierda. Más bien parecen abejas asesinas.

Entradas populares

A partir de hoy...

A partir de hoy...
- Ligia García y García